Muniellos (Reserva de la Bioesfera

14 diciembre 2013

EL BOSQUE DE MUNIELLOS:
UNA MARAVILLA DESCONOCIDA
PARA LA MAYORÍA DE LOS ASTURIANOS

“Todavía existe un magnífico lugar en las montañas del suroccidente de Asturias donde permanece el escenario imaginado de nuestros cuentos infantiles”. Las primeras palabras que José María Fernández Díaz-Formentí utiliza para comenzar su libro transportan al lector a un mundo de espesos y frondosos bosques, de parajes salvajes y alejados de casi cualquier vestigio de la moderna civilización humana. Este apasionado naturalista gijonés describe en Muniellos, el reino del roble la inmensa riqueza medioambiental de uno de los grandes espacios verdes del Principado, que él mismo define como “el ejemplo de lo que un día fue aquella majestuosa y misteriosa selva cantábrica”.
El aspecto “casi virginal” que hoy en día presenta Muniellos no ha escapado sin embargo a las heridas provocadas en su seno por la mano del hombre, que se remontan ya a las explotaciones auríferas de la época romana. “Sus bosques también han tenido que sufrir el problema de la deforestación”, explica Díaz-Formentí, que reconoce que las dificultades asociadas a su lejanía de las grandes rutas comerciales de la época “evitaron su total destrucción”.
El ejemplo más claro de esta situación se remonta al siglo XIX, cuando se planteó la idea de construir un ferrocarril que permitiese sacar la madera del bosque y transportarla hasta los muelles de San Esteban de Pravia. “El proyecto terminó parándose finalmente debido a dificultades económicas; de lo contrario, se hubiese talado Muniellos al completo”, matiza el naturalista asturiano.
El bosque se ha convertido así en un lugar privilegiado, constituyendo “el mayor y mejor conservado robledal de España y posiblemente de Europa”, como describe el autor del libro. En su interior prevalece un amplio catálogo de fauna no vascular, en la que hongos, musgos y líquenes son los reyes del paisaje. “Se trata de un viejo lugar, en efecto, pero sano y saludable”, defiende el investigador gijonés, que pone de manifiesto la existencia de algunas especies vegetales únicas en Europa. “Hay un hongo que expulsa al exterior su parte superior cada 70 años, y que ha sido encontrado aquí”.
Muniellos es, además, el bosque del equilibrio . En él convive, por ejemplo, una población de lobo que apenas da problemas a los ganaderos de la zona, “porque dentro del propio bosque encuentra las presas adecuadas que le sirven para sobrevivir”, expone Díaz-Formentí. Azores, gavilanes, urogallos, musarañas, lirones, murciélagos o rapaces nocturnas son algunas de las especies que se confunden entre el marrón y el verde que impregnan todo el paisaje.
Junto a todos ellos, el oso pardo cantábrico encuentra aquí amplias extensiones de hábitat en las que no falta el alimento y la interferencia humana es escasa. “Debido a su carácter no estacionario, su presencia en la reserva es muy fluctuante, ya que deambula continuamente de estos montes a los de Degaña o Monasterio de Hermo”, indica el propio Díaz-Formentí. El rey de la fauna asturiana también tiene su trono en Muniellos.
La Reserva Natural Integral de Muniellos, que abarca los despoblados valles de los montes de Muniellos, Valdebois y la Viliella, está en el suroccidente de Asturias, a caballo de los municipios de Cangas de Narcea e Ibias. El monte de Muniellos es el núcleo central de la Reserva y a su interior sólo pueden acceder, a pie, un máximo de 20 personas al día.
Para solicitar el imprescindible permiso hay que contactar con la Consejería de Agricultura del Principado de Asturias, que son quienes los gestionan y los envían por correo, una vez concedida la autorización. Conviene hacerlo el primer día hábil del año, ya que en esos días queda completo el cupo para todos los fines de semana del año. Otra posibilidad es solicitar entrar en las listas de espera para cualquier día y esperar que alguien falle.
Una vez obtenido el permiso, para llegar a la Reserva hay que tomar la carretera comarcal que une Ventanueva -en Cangas del Narcea- con San Antolín -en Ibias-. Del pueblo de Moal, en el marco kilométrico 23, sale una pista en mal estado de 4 km. que termina en Tablizas, donde está la casa del guarda forestal, hoy convertida en centro de recepción y único acceso permitido a la Reserva.
La Reserva, por su extensión -56 km²- y estado de conservación, constituye el mejor ejemplo del bosque que antiguamente cubría gran parte del Estado. Se trata de una extensa y continua mancha de bosque, principalmente robles, que tapiza las empinadas laderas de los tres valles. Junto a ella tan sólo hay tres pequeños núcleos habitados: Moal, Valdebois y La Viliella.
Hoy es una de las zonas casi vírgenes que quedan en la Península. Como está situada entre los 500 y los 1.500 metros, los árboles que predominan son el roble, el carballo, el hayedo y el abedul, el que mejor resiste el alto grado de humedad de los valles. En las zonas de suelos más pobres abundan los serbales y los arándanos. En el fondo de los valles, donde los suelos son más ricos, crecen fresnos, arces, avellanos y sauces.
La Reserva mantiene también una de las faunas más abundantes y variadas del Estado. Se han localizado más de cien especies de vertebrados, entre ellos todos los grandes mamíferos de la Cordillera Cantábrica, como el oso pardo, el lobo, el gato montés o el corzo.
El reclamo más atractivo, sin duda, es el oso, aunque, al igual que las otras especies, resulta casi imposible verlos. Normalmente son asustadizos y tímidos y, en muchas ocasiones, de hábitos nocturnos. Para poder localizarlos conviene pasar desapercibido, tener cierta experiencia y, sobre todo, conocer sus costumbres. Al visitante ocasional de la reserva la gran mayoría de las especies le pasan desapercibidas.
Pero hay más. Quince especies de murciélagos distintas, varias rapaces y el huidizo urogallo, especie en vías de extinción y que cuenta con algunos nidos en la Reserva, además de diversos anfibios y reptiles, entre los que llama la atención el lagarto verdinegro, la salamandra rabilarga y el tritón.
El único medio posible de tener una idea de esta variedad es hacerse un itinerario por la Reserva, siempre que uno vaya bien preparado con calzado resistente, ropa cómoda, comida suficiente y agua abundante. Los más sencillos son los caminos que parten de Tablizas, o bien la senda paralela al río. Para recorrer el monte Valdebois, el único camino posible parte de la collada del Connio y llega hasta el pueblo, volviendo por el fondo del valle.
La idea más completa del bosque se tiene siguiendo la senda que lleva hasta las lagunas, cerca de veinte kilómetros, para los que son necesarias unas siete horas. El guarda forestal suele recomendar salir por la pista forestal de la derecha, detrás de la casa. Lo cierto es que es más fácil hacer el camino a la inversa. Bastantes de los que se lanzan por el itinerario recomendado desisten al poco tiempo debido a la fuerte pendiente, más llevadera cuando se baja, a la vuelta.
En el itinerario se cruzan los arroyos de la Candanosa y de Cullada, y se pasa por la fuente de Fuenculebrera. La primera de las lagunas, la de la Isla, está situada en una depresión cerrada de origen glacial, a 1.300 metros de altitud. Las otras dos, el punto de partida para el regreso, requieren otros 15 minutos de subida, siguiendo el camino que parte por la derecha.
EL BOSQUE DE MUNIELLOS: UNA MARAVILLA DESCONOCIDA PARA LA MAYORÍA DE LOS ASTURIANOS “Todavía existe un magnífico lugar en las montañas del suroccidente de Asturias donde permanece el escenario imaginado de nuestros cuentos infantiles”. Las primeras palabras que José María Fernández Díaz-Formentí utiliza para comenzar su libro transportan al lector a un mundo de espesos y frondosos bosques, de parajes salvajes y alejados de casi cualquier vestigio de la moderna civilización humana. Este apasionado naturalista gijonés describe en Muniellos, el reino del roble la inmensa riqueza medioambiental de uno de los grandes espacios verdes del Principado, que él mismo define como “el ejemplo de lo que un día fue aquella majestuosa y misteriosa selva cantábrica”. El aspecto “casi virginal” que hoy en día presenta Muniellos no ha escapado sin embargo a las heridas provocadas en su seno por la mano del hombre, que se remontan ya a las explotaciones auríferas de la época romana. “Sus bosques también han tenido que sufrir el problema de la deforestación”, explica Díaz-Formentí, que reconoce que las dificultades asociadas a su lejanía de las grandes rutas comerciales de la época “evitaron su total destrucción”. El ejemplo más claro de esta situación se remonta al siglo XIX, cuando se planteó la idea de construir un ferrocarril que permitiese sacar la madera del bosque y transportarla hasta los muelles de San Esteban de Pravia. “El proyecto terminó parándose finalmente debido a dificultades económicas; de lo contrario, se hubiese talado Muniellos al completo”, matiza el naturalista asturiano. El bosque se ha convertido así en un lugar privilegiado, constituyendo “el mayor y mejor conservado robledal de España y posiblemente de Europa”, como describe el autor del libro. En su interior prevalece un amplio catálogo de fauna no vascular, en la que hongos, musgos y líquenes son los reyes del paisaje. “Se trata de un viejo lugar, en efecto, pero sano y saludable”, defiende el investigador gijonés, que pone de manifiesto la existencia de algunas especies vegetales únicas en Europa. “Hay un hongo que expulsa al exterior su parte superior cada 70 años, y que ha sido encontrado aquí”. Muniellos es, además, el bosque del equilibrio . En él convive, por ejemplo, una población de lobo que apenas da problemas a los ganaderos de la zona, “porque dentro del propio bosque encuentra las presas adecuadas que le sirven para sobrevivir”, expone Díaz-Formentí. Azores, gavilanes, urogallos, musarañas, lirones, murciélagos o rapaces nocturnas son algunas de las especies que se confunden entre el marrón y el verde que impregnan todo el paisaje. Junto a todos ellos, el oso pardo cantábrico encuentra aquí amplias extensiones de hábitat en las que no falta el alimento y la interferencia humana es escasa. “Debido a su carácter no estacionario, su presencia en la reserva es muy fluctuante, ya que deambula continuamente de estos montes a los de Degaña o Monasterio de Hermo”, indica el propio Díaz-Formentí. El rey de la fauna asturiana también tiene su trono en Muniellos. La Reserva Natural Integral de Muniellos, que abarca los despoblados valles de los montes de Muniellos, Valdebois y la Viliella, está en el suroccidente de Asturias, a caballo de los municipios de Cangas de Narcea e Ibias. El monte de Muniellos es el núcleo central de la Reserva y a su interior sólo pueden acceder, a pie, un máximo de 20 personas al día. Para solicitar el imprescindible permiso hay que contactar con la Consejería de Agricultura del Principado de Asturias, que son quienes los gestionan y los envían por correo, una vez concedida la autorización. Conviene hacerlo el primer día hábil del año, ya que en esos días queda completo el cupo para todos los fines de semana del año. Otra posibilidad es solicitar entrar en las listas de espera para cualquier día y esperar que alguien falle. Una vez obtenido el permiso, para llegar a la Reserva hay que tomar la carretera comarcal que une Ventanueva -en Cangas del Narcea- con San Antolín -en Ibias-. Del pueblo de Moal, en el marco kilométrico 23, sale una pista en mal estado de 4 km. que termina en Tablizas, donde está la casa del guarda forestal, hoy convertida en centro de recepción y único acceso permitido a la Reserva. La Reserva, por su extensión -56 km²- y estado de conservación, constituye el mejor ejemplo del bosque que antiguamente cubría gran parte del Estado. Se trata de una extensa y continua mancha de bosque, principalmente robles, que tapiza las empinadas laderas de los tres valles. Junto a ella tan sólo hay tres pequeños núcleos habitados: Moal, Valdebois y La Viliella. Hoy es una de las zonas casi vírgenes que quedan en la Península. Como está situada entre los 500 y los 1.500 metros, los árboles que predominan son el roble, el carballo, el hayedo y el abedul, el que mejor resiste el alto grado de humedad de los valles. En las zonas de suelos más pobres abundan los serbales y los arándanos. En el fondo de los valles, donde los suelos son más ricos, crecen fresnos, arces, avellanos y sauces. La Reserva mantiene también una de las faunas más abundantes y variadas del Estado. Se han localizado más de cien especies de vertebrados, entre ellos todos los grandes mamíferos de la Cordillera Cantábrica, como el oso pardo, el lobo, el gato montés o el corzo. El reclamo más atractivo, sin duda, es el oso, aunque, al igual que las otras especies, resulta casi imposible verlos. Normalmente son asustadizos y tímidos y, en muchas ocasiones, de hábitos nocturnos. Para poder localizarlos conviene pasar desapercibido, tener cierta experiencia y, sobre todo, conocer sus costumbres. Al visitante ocasional de la reserva la gran mayoría de las especies le pasan desapercibidas. Pero hay más. Quince especies de murciélagos distintas, varias rapaces y el huidizo urogallo, especie en vías de extinción y que cuenta con algunos nidos en la Reserva, además de diversos anfibios y reptiles, entre los que llama la atención el lagarto verdinegro, la salamandra rabilarga y el tritón. El único medio posible de tener una idea de esta variedad es hacerse un itinerario por la Reserva, siempre que uno vaya bien preparado con calzado resistente, ropa cómoda, comida suficiente y agua abundante. Los más sencillos son los caminos que parten de Tablizas, o bien la senda paralela al río. Para recorrer el monte Valdebois, el único camino posible parte de la collada del Connio y llega hasta el pueblo, volviendo por el fondo del valle. La idea más completa del bosque se tiene siguiendo la senda que lleva hasta las lagunas, cerca de veinte kilómetros, para los que son necesarias unas siete horas. El guarda forestal suele recomendar salir por la pista forestal de la derecha, detrás de la casa. Lo cierto es que es más fácil hacer el camino a la inversa. Bastantes de los que se lanzan por el itinerario recomendado desisten al poco tiempo debido a la fuerte pendiente, más llevadera cuando se baja, a la vuelta. En el itinerario se cruzan los arroyos de la Candanosa y de Cullada, y se pasa por la fuente de Fuenculebrera. La primera de las lagunas, la de la Isla, está situada en una depresión cerrada de origen glacial, a 1.300 metros de altitud. Las otras dos, el punto de partida para el regreso, requieren otros 15 minutos de subida, siguiendo el camino que parte por la derecha.

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